Se dice que una persona comienza a tener uso de razón, a partir del momento en que su mente empieza a conservar las experiencias en forma de recuerdos. Y para muchos son recuerdos fabulosos. Habrá algunos cuyo primer recuerdo es de un día en el que salieron a jugar el papá y la mamá con el hijo a algún parque, otros que recordarán que lo cargaban para que alcanzara el botón del ascensor, y otro de algún día en la playa o de los amigos de la guardería. Pero en mi caso, es muy diferente. Primero, por más que lo intente, no recuerdo nada de mi madre. Murió de una sobredosis de droga cuando yo tenía apenas 5 años, y mi papá me había abandonado al nacer. Como la familia de mi mamá era de Margarita, a mí me enviaron a un convento. Y no es que recuerde nada de ello. Eso es sólo información que obtuve de segunda mano, años más adelante.
Mi primer recuerdo, entonces, como imaginarán, fue en ese convento de mierda. Y no lo llamaría convento de mierda, si al menos ese primer recuerdo fuera agradable. Pero si trato de remontarme a lo más viejo que mi memoria ha guardado, sólo encuentro unas brumas que pasan veloces, en las que apenas puedo distinguir la barriga asquerosa de un hombre, que se aprieta contra mí, y su mano rancia tapándome la boca para que no gritara. Sé que esas imágenes son de la primera vez que me violaron, o al menos de una de las primeras; porque, como es lógico, después de ésa vinieron muchas más, muchísimas más (y a veces pienso que de más de mil manos y mil barrigas diferentes), que lamentablemente se sucedieron cuando ya lo podía recordar con todo detalle. Si hubiera sido sólo esa primera violación, quizás hasta mi cerebro habría hecho un esfuerzo por lograr desaparecerlo, así como supongo que hizo con las imágenes de mi madre tirada en el piso, vomitando pastillas.
Pero no desaparecieron, y cada tanto vienen a mi cabeza la barriga y las manos asquerosas tocándome, que puedo reconocer en la barriga y manos que me tocaron por tantos años después de aquel día. Pero ese recuerdo vago tiene el poder de hacerme mierda más rápido y más intensamente, que los recuerdos más explícitos. Y no es porque las imágenes me digan más o menos; sino porque esas imágenes vienen junto con todas mis sensaciones, tan intactas como si las estuviese sintiendo la primera vez. Cuando la barriga desnuda se me acerca, y me sube el hábito, me siento sucia por dentro, me siento enferma del estómago; como si pudiera vomitar mis entrañas; y mareada de la culpa. Siento que no quiero que me hagan daño, que no me gusta nada de lo que está pasando, pero me siento frágil y sin fuerzas; como si de mover un sólo músculo estallaría como una muñeca de cristal. Y quiero gritar, quiero gritar con todas mis fuerzas, gritar hasta que me reviente mis propios ojos, y entonces se me acerca la mano rancia y me tapa la boca, y la impotencia hace que mi grito se quede adentro de mí, comiéndose mis órganos, dejándome vacía por dentro, para que el eco de las burlas rebote más fácil en mis paredes, para que la leche que me mete cuando acaba, se quede adentro para siempre, flotando con la culpa.
A veces siento esto cuando estoy con un cliente, y todo se repite. No hace falta mucho. A veces es un simple gesto, o una pequeña dosis de dolor placentero que me propina el hombre, o su olor, y a veces simplemente no sé qué es lo que me despierta la evocación. Pero puede suceder que estoy encima de él, moviéndome rápido para que acabe y yo quedar librada, y de repente no puedo ver sino que la barriga y la mano, y el olor rancio, que quizás es mi propio olor, y me detengo a medio cabalgar. Y no sé si soy yo, o si es el cliente, o si es el equipo que hacemos juntos; pero él me lo lee fácil en la mirada, y me pone contra la cama, y me repite las mismas palabras de aquel día, y me golpea con la misma intensidad, y yo me niego a seguir con el acto, y el cliente me viola, tapándome la boca, y yo me vuelvo a sentir como esa niña. Y me pregunto, a los que su papá les cargaba para que tocara el ascensor, ¿también pasarían toda su vida como yo, repitiendo estas sensaciones en otras personas y otros escenarios? Cuando pienso en eso, de nuevo me siento sucia, y culpable, y frágil, y quiero gritar, y de repente me doy cuenta que la que se ha puesto la mano en la boca, que la que se ha amordazado, soy yo, mientras me meto un palo de madera para lastimarme por dentro, para repetirme, para no permitirme salir de ese convento, ni por toda la distancia y el tiempo que me separen de él en este momento.
Y justo hoy, que me decido a escribir en este diario, lo que me he callado todos estos años, me vuelvo a sentir tan vacía como antes, y siento que cada palabra que sale de mí, es una burla punzante, que se vuelve a meter entre el hueco donde antes estaban mis órganos, y rebota y juega con mi capacidad de soportar todo esto. Según Ligia, se supone que escribir debería servirme para botar esos recuerdos de mí, y desde hace 11 años, nunca había sentido esos recuerdos tan adentro. He repetido estas imágenes desde que empezara a escribir, como unas ganas de vomitar que nunca se convierten en vómito. Y quiero vomitar, quiero deshacerme de toda esa leche podrida que flota dentro de mí, de la barriga, de la mano; pero ni que me meta los dedos hasta la garganta, sale el vómito. Después de todo, las putas como yo aprendemos pronto a no vomitar ni con dedos cuatro veces más gruesos, dos veces más largos y cincuenta veces más sucios, metidos dentro de nuestra garganta, mientras comemos pelos ensortijados.
Siento que no debí haber escrito nada de esto. No sé cómo voy a hacer para dormir esta noche o las que vienen. Si quiero terminar esta semana de diario que le prometí a Ligia, debería dejar de recordar tantas cosas inútiles, o el matarratas me será más necesario de lo que me fue ayer. Ya lo sabía yo. Esto de tener amigos, después de todo, no es tan bueno.
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