Después de un mes viviendo y trabajando en Caracas al fin tengo mi primera amiga. Se llama Ligia, pero su nombre artístico es Regia. Trabajamos para el mismo maldito; el puto del Mac. Es mi primer jefe en este negocio de vender lo que queda de mi cuerpo. Durante las dos primeras semanas en Caracas intenté trabajar por mi cuenta, pero me agarraba la policía, y como me veían sin mi collar antipulgas, sabían que no tenía dueño y me cogían a su placer, y me dejaban luego en la calle en la madrugada, sin un sólo bolívar de mis ganancias. Así que debo reconocer que el Mac, por más maldito que sea me ha permitido que los golpes en la cara me comenzaran a sanar, antes de tener que recibir otra tanda más, y al menos me dejaba unas considerables migajas como sueldo. Él, como todo buen chulo, sabe golpear su mercancía sin magullarla. Sabe que las papas dañadas, sólo sirven, en el supermercado, para ponerlas bajo las buenas, y dar la sensación de estar bien abastecido. Pero el Mac controla a más de 70 putas. No hay nada mejor abastecido de papas, y lo bueno de estas papas, es que hasta las del fondo consiguen entrar en un carrito de supermercado. Y mientras menos magulladas, más paga el chef que las cocina.
El Mac nos golpea con una doble media rellena de naranjas pequeñas. Es la versión del periódico enrollado, usado para que el perro no se orine sobre los muebles, ni le ladre a las visitas. Con eso intenta volvernos dóciles, fieles, calladas y, sobre todo, resistentes. Porque esas malditas naranjas pegan como un puño de boxeador, pero sólo te hieren por dentro; como las bolas de los clientes, que te van pudriendo desde el interior hasta la costra de afuera. A veces creo que prefiero las cachetadas. Hacen que mi cuerpo se vea por fuera como yo lo siento por dentro, y espantan a muchos clientes los dos primeros días. Lamentablemente, a partir del tercero, tienen ese color y esa textura que tanto gusta a los putos golpeadores de mujeres, y ya de nuevo tengo una docena de sádicos frenándose en mi esquina y relamiéndose las ganas de sacarme sangre hasta de los huesos. Porque, entre otras cosas, también son unos imbéciles.
Y para una mujer como yo, que lleva más de 10 años de haber sangrado su primera penetración, y que la han rellenado de leche más que a una crema pastelera, esto no debería importarle. Mi cuerpo debería ser resistente como el de un cocodrilo, y mis lágrimas parecerse a las suyas. Pero resulta que no; que cuando lloro, mis lágrimas me siguen cuarteando una piel todavía muy débil, y yo que me paro en la madrugada, y agarro una bolsa de matarratas y la miro como el millonario mira el champán con el que brinda por el devenir de mejores épocas. En este momento, la muerte me parece la promesa de una vida mejor, aunque hace mucho que he dejado de creer en cualquier clase de vida después de la muerte. Y precisamente ése es el atractivo del suicidio.
Pero Ligia me salvó. Me dijo: “No seas imbécil. No te mates. Y menos con algo tan doloroso. Si vas a morir hazlo con un disparo o algo más rápido aún”. Y cuando creía que iba a sacar una pistola de una gaveta del cuarto que compartimos, para ayudarme con mi eutanasia, lo que sacó fue un cuaderno bastante doblado, y un lápiz del tamaño de un alfiler, y me dice: “Escribe un diario”. Yo tomo el cuaderno, todavía tratando de entender cómo es que escribir un diario me mataría más rápido que un disparo o que el matarratas, y ella me explica “Lo que te está matando es que no le dices a nadie tu dolor. Te estás pudriendo por dentro por no hablar, por callar, por beberte tus propias lágrimas. Quizás no confíes lo suficiente en mí como para hablar, pero al menos puedes confiar en ti. Escribe un diario”. Yo me sentía horrible. No sólo me había descubierto tratando de meterme una cucharada de polvo para ratas, sino que ahora me trataba de ayudar. Nunca me había sentido más miserable.
Hablamos durante unas cuantas horas y yo le conté muchas cosas que no le había contado a nadie, y lejos de sentirme mejor, sentía que toda la porquería del mundo había venido a caerme encima. Pero, sí, era cierto. Aún con toda esa porquería encima, me sentía más liviana. Y Ligia me dice “Haz una prueba. Escribe este diario por una semana. Si después de la semana, todavía sigues con ganas de matarte, yo misma te doy el arma”. Y yo acepté, y aquí estoy, escribiendo algo que me parece infinitamente vago; como si las letras mismas se alargaran para que me llegara el sueño sin que pudiera concluir ninguna idea. Pero de verdad me siento mejor. No he dicho nada de lo que me hace querer morir, y ya veo la muerte un poco más lejana. No sé si esta sensación continúe por los siguientes días, pero por ahora tengo dos certezas: voy a cumplir con Ligia, y escribiré una semana completa, así que me queda como mínimo una semana de vida; y pase lo que pase, voy a morir con el placer de haber tenido una amiga. Creo que esa sensación de estar en medio de una amistad real, me ayuda más que estas palabras, que sólo escribo para no defraudar a mi nueva amiga. Gracias Regia. Gracias Ligia.
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