martes, 19 de enero de 2010

10/febrero/1995

Estuve hablando con Ligia esta noche. El Mac me dio la paliza de mi vida cuando le dije que no podría trabajar hoy porque me sentía mal por dentro. Me aseguró que después de que me pusiera las manos encima, tendría verdaderas excusas para no trabajar. Ligia llegó temprano para verme, porque ya todas las putas del Mac habían sido asustadas con la historia de mi golpiza. Es una de las reglas fundamentales de un chulo: economía de golpizas y chisme. Divulgando sus hazañas de macho dominante entre su rebaño se evitaba tener que repetir golpizas por los mismos problemas. Las chicas ya estaban enteradas, entonces, que las putas no pueden deprimirse, a menos que quieran pasar por la ley de las naranjas. Igual sigo dudando que una amenaza como ésa pueda condicionarnos a no sentir tristeza. Somos seres humanos, aunque nosotras mismas nos comportemos y nos vendamos como cucas y bocas saltarinas sin alma.

Le confesé a la Regia que su plan del diario no me estaba funcionando. Que me estaba destruyendo con más velocidad que mi antiguo silencio. Le conté todo lo que me había pasado anoche, aunque supongo que ella me escuchó llorar hasta que se levantó al mediodía. Uno que no sabe nada de la amistad, a veces espera más de ella. Pero quizás ni la amistad más profunda justifica amanecer dos días seguidos consolando a una puta llorona. Ya mucho hizo con preocuparse por mí una noche entre todas las noches de mi vida. Anoche intenté llorar más fuerte en algunas ocasiones, a ver si la levantaba, pero la Ligia ni se movía debajo de las sábanas. Por experiencia sé que pasar por medio cartón de huevos de hombres en una noche cansa como todo un día de cargar cajas, y que es un trabajo que te deja sin ganas de preocuparte por nadie que no seas tú misma. No voy a dejar de querer a la Regia por eso. Además, hoy me escuchó al menos un rato, y lo suficiente para convencerme de que siguiera escribiendo. Asumo que es más fácil mandarme a escribir, que escuchar mi tonta historia de nuevo.

Y pienso para mí: ¿Por qué se me hizo tan fácil contarle todo a Regia esa primera noche, y ahora doy tantas vueltas para escribir lo mismo? ¿Por qué no sentí casi nada al escupirlo con palabras habladas y por qué me remueve tanto ponerlo por escrito? No había motivo de seguir ocultándomelo a mí mismo, u ocultándoselo a este diario; no sé cómo es que funciona esto. Tengo que exorcizarme de este pasado, o me voy a podrir en él.

La cosa es así. El convento en el que estuve desde que mi madre murió era uno de pesadilla. Aunque ahora que soy mayor, pienso que lo más probable es que todos sean iguales por dentro. No tengo la certeza, pero creo que las putas monjas nos mandaban a los sacerdotes para que nos cogieran hasta hacernos sangrar. Y lo creo así porque luego nos daban las clases del catecismo y nos hablaban de que era nuestro deber ser castas, porque las mujeres que se entregan al placer sexual eran del diablo, y por eso el diablo se había encargado de que el sexo fuera el acto más espantoso y desagradable del mundo. Nos asustaban diciendo que el sexo era doloroso y humillante, como si ya no lo supiéramos, pero luego la maldita monja nos hacía preguntas muy suspicaces, que hacían entender que ella era parte del festín de violación de novicias. Nos decían cosas como “El diablo creó el sexo para que la mujer sangrara y sufriera. Pero me imagino que ya muchas de las que están aquí lo han vivido en las noches por sus sueños”. Y luego nos trataban de hacer creer que todo lo que nos pasaba por las noches eran pesadillas puestas por el diablo. Pero la sangre en mis pantaletas durante el día, el dolor, el pegoste, las imágenes, la humillación, eran demasiado reales. Y si yo fuera el diablo supiera que con una sola vez de soñar esto, no hubiera querido tener sexo más nunca en mi vida. Pero aquellos sacerdotes nos violaban al menos una vez a la semana, el primer año en el convento, y luego se iba haciendo cada vez más lejano.

Ninguna de las novicias de allí, que éramos como unas 12 o 15 (y con el tiempo fuimos más), hablábamos de eso. Teníamos miedo de que nos lastimaran más si hablábamos. Pero todas sabíamos que no éramos las únicas. No era demasiado difícil. Todas dormíamos en la misma habitación, y las visitas nocturnas eran escuchadas por todas.

Después de un par de años allí, sufría de ataques de miedo mayores cuando violaban a algunas de las chicas que dormían en las camas que se encontraban a mi lado. El saber que alguno de los sacerdotes estaba ahí, me hacía temblar de pies a cabeza, pero yo tenía miedo de mis temblores. Me obligaba a permanecer quieta como una piedra, para que no supieran que estaba escuchando, pero no podía evitar temblar, y sentía que después de mi vecina, se acercarían a mí para estrangularme hasta que muriera. Después de dos años más, dormía de corrido toda la noche, y no me levantaba ni porque le faltara aceite a los resortes de la cama de al lado, donde alguno de los padres barrigones le daban clases de infierno a las pequeñas monjitas. A duras penas conseguía asustarme cuando me llegaba el turno a mí, que a esas alturas ya era como una vez cada dos meses. Y de haber sabido antes de los 6 años en esa cárcel que perderle el miedo a la violación era la clave para que el entrenamiento en castidad terminara, hubiera fingido eso mucho tiempo atrás. Después de una noche en la que casi no me moví sino que para ayudar al gordo peludo a que metiera su mierda en mi cuca, y acabara lo más pronto posible para volver a dormir, no recibí una sola violación más, por todo el tiempo que seguí allí, hasta que decidí escapar.

Hoy que recuerdo mi valentía de enfrentarme a esa empresa de la perversión vestida de santidad, que es algo que suelo olvidar con mucha facilidad, me siento con más fuerza que ayer, y muchas más que anteayer. No soy cualquier estúpida que se deja roer por un hombre. Soy una mujer con más bolas que los cerdos curas de mierda que intentaron escoñetar mi vida. Me propongo dormir como un bebé esta noche. Ni los huevos del mismo Dios metidos en mi cuca me podrán despertar.

09/febrero/1995

Se dice que una persona comienza a tener uso de razón, a partir del momento en que su mente empieza a conservar las experiencias en forma de recuerdos. Y para muchos son recuerdos fabulosos. Habrá algunos cuyo primer recuerdo es de un día en el que salieron a jugar el papá y la mamá con el hijo a algún parque, otros que recordarán que lo cargaban para que alcanzara el botón del ascensor, y otro de algún día en la playa o de los amigos de la guardería. Pero en mi caso, es muy diferente. Primero, por más que lo intente, no recuerdo nada de mi madre. Murió de una sobredosis de droga cuando yo tenía apenas 5 años, y mi papá me había abandonado al nacer. Como la familia de mi mamá era de Margarita, a mí me enviaron a un convento. Y no es que recuerde nada de ello. Eso es sólo información que obtuve de segunda mano, años más adelante.

Mi primer recuerdo, entonces, como imaginarán, fue en ese convento de mierda. Y no lo llamaría convento de mierda, si al menos ese primer recuerdo fuera agradable. Pero si trato de remontarme a lo más viejo que mi memoria ha guardado, sólo encuentro unas brumas que pasan veloces, en las que apenas puedo distinguir la barriga asquerosa de un hombre, que se aprieta contra mí, y su mano rancia tapándome la boca para que no gritara. Sé que esas imágenes son de la primera vez que me violaron, o al menos de una de las primeras; porque, como es lógico, después de ésa vinieron muchas más, muchísimas más (y a veces pienso que de más de mil manos y mil barrigas diferentes), que lamentablemente se sucedieron cuando ya lo podía recordar con todo detalle. Si hubiera sido sólo esa primera violación, quizás hasta mi cerebro habría hecho un esfuerzo por lograr desaparecerlo, así como supongo que hizo con las imágenes de mi madre tirada en el piso, vomitando pastillas.

Pero no desaparecieron, y cada tanto vienen a mi cabeza la barriga y las manos asquerosas tocándome, que puedo reconocer en la barriga y manos que me tocaron por tantos años después de aquel día. Pero ese recuerdo vago tiene el poder de hacerme mierda más rápido y más intensamente, que los recuerdos más explícitos. Y no es porque las imágenes me digan más o menos; sino porque esas imágenes vienen junto con todas mis sensaciones, tan intactas como si las estuviese sintiendo la primera vez. Cuando la barriga desnuda se me acerca, y me sube el hábito, me siento sucia por dentro, me siento enferma del estómago; como si pudiera vomitar mis entrañas; y mareada de la culpa. Siento que no quiero que me hagan daño, que no me gusta nada de lo que está pasando, pero me siento frágil y sin fuerzas; como si de mover un sólo músculo estallaría como una muñeca de cristal. Y quiero gritar, quiero gritar con todas mis fuerzas, gritar hasta que me reviente mis propios ojos, y entonces se me acerca la mano rancia y me tapa la boca, y la impotencia hace que mi grito se quede adentro de mí, comiéndose mis órganos, dejándome vacía por dentro, para que el eco de las burlas rebote más fácil en mis paredes, para que la leche que me mete cuando acaba, se quede adentro para siempre, flotando con la culpa.

A veces siento esto cuando estoy con un cliente, y todo se repite. No hace falta mucho. A veces es un simple gesto, o una pequeña dosis de dolor placentero que me propina el hombre, o su olor, y a veces simplemente no sé qué es lo que me despierta la evocación. Pero puede suceder que estoy encima de él, moviéndome rápido para que acabe y yo quedar librada, y de repente no puedo ver sino que la barriga y la mano, y el olor rancio, que quizás es mi propio olor, y me detengo a medio cabalgar. Y no sé si soy yo, o si es el cliente, o si es el equipo que hacemos juntos; pero él me lo lee fácil en la mirada, y me pone contra la cama, y me repite las mismas palabras de aquel día, y me golpea con la misma intensidad, y yo me niego a seguir con el acto, y el cliente me viola, tapándome la boca, y yo me vuelvo a sentir como esa niña. Y me pregunto, a los que su papá les cargaba para que tocara el ascensor, ¿también pasarían toda su vida como yo, repitiendo estas sensaciones en otras personas y otros escenarios? Cuando pienso en eso, de nuevo me siento sucia, y culpable, y frágil, y quiero gritar, y de repente me doy cuenta que la que se ha puesto la mano en la boca, que la que se ha amordazado, soy yo, mientras me meto un palo de madera para lastimarme por dentro, para repetirme, para no permitirme salir de ese convento, ni por toda la distancia y el tiempo que me separen de él en este momento.

Y justo hoy, que me decido a escribir en este diario, lo que me he callado todos estos años, me vuelvo a sentir tan vacía como antes, y siento que cada palabra que sale de mí, es una burla punzante, que se vuelve a meter entre el hueco donde antes estaban mis órganos, y rebota y juega con mi capacidad de soportar todo esto. Según Ligia, se supone que escribir debería servirme para botar esos recuerdos de mí, y desde hace 11 años, nunca había sentido esos recuerdos tan adentro. He repetido estas imágenes desde que empezara a escribir, como unas ganas de vomitar que nunca se convierten en vómito. Y quiero vomitar, quiero deshacerme de toda esa leche podrida que flota dentro de mí, de la barriga, de la mano; pero ni que me meta los dedos hasta la garganta, sale el vómito. Después de todo, las putas como yo aprendemos pronto a no vomitar ni con dedos cuatro veces más gruesos, dos veces más largos y cincuenta veces más sucios, metidos dentro de nuestra garganta, mientras comemos pelos ensortijados.

Siento que no debí haber escrito nada de esto. No sé cómo voy a hacer para dormir esta noche o las que vienen. Si quiero terminar esta semana de diario que le prometí a Ligia, debería dejar de recordar tantas cosas inútiles, o el matarratas me será más necesario de lo que me fue ayer. Ya lo sabía yo. Esto de tener amigos, después de todo, no es tan bueno.

lunes, 18 de enero de 2010

08/febrero/1995

Después de un mes viviendo y trabajando en Caracas al fin tengo mi primera amiga. Se llama Ligia, pero su nombre artístico es Regia. Trabajamos para el mismo maldito; el puto del Mac. Es mi primer jefe en este negocio de vender lo que queda de mi cuerpo. Durante las dos primeras semanas en Caracas intenté trabajar por mi cuenta, pero me agarraba la policía, y como me veían sin mi collar antipulgas, sabían que no tenía dueño y me cogían a su placer, y me dejaban luego en la calle en la madrugada, sin un sólo bolívar de mis ganancias. Así que debo reconocer que el Mac, por más maldito que sea me ha permitido que los golpes en la cara me comenzaran a sanar, antes de tener que recibir otra tanda más, y al menos me dejaba unas considerables migajas como sueldo. Él, como todo buen chulo, sabe golpear su mercancía sin magullarla. Sabe que las papas dañadas, sólo sirven, en el supermercado, para ponerlas bajo las buenas, y dar la sensación de estar bien abastecido. Pero el Mac controla a más de 70 putas. No hay nada mejor abastecido de papas, y lo bueno de estas papas, es que hasta las del fondo consiguen entrar en un carrito de supermercado. Y mientras menos magulladas, más paga el chef que las cocina.

Dentro de 3 semanas, el 28 de febrero, cumplo 17 años. Las chicas de mi edad se venden caras en la calle. Hay muchos pervertidos que con sólo mirar la cédula de una menor de edad, ya se están acabando encima de los interiores. Pero el Mac no me vende como menor. Dice que mi cara ya parece la de una anciana de 25 (se sabe que la vejez es relativa al mercado que tu cuerpo represente). Entonces yo de imbécil que le digo que me golpee menos para parecer de 17, y él que me golpea una vez más y me dice “Las putas de 25 con la cara rota también venden”.

El Mac nos golpea con una doble media rellena de naranjas pequeñas. Es la versión del periódico enrollado, usado para que el perro no se orine sobre los muebles, ni le ladre a las visitas. Con eso intenta volvernos dóciles, fieles, calladas y, sobre todo, resistentes. Porque esas malditas naranjas pegan como un puño de boxeador, pero sólo te hieren por dentro; como las bolas de los clientes, que te van pudriendo desde el interior hasta la costra de afuera. A veces creo que prefiero las cachetadas. Hacen que mi cuerpo se vea por fuera como yo lo siento por dentro, y espantan a muchos clientes los dos primeros días. Lamentablemente, a partir del tercero, tienen ese color y esa textura que tanto gusta a los putos golpeadores de mujeres, y ya de nuevo tengo una docena de sádicos frenándose en mi esquina y relamiéndose las ganas de sacarme sangre hasta de los huesos. Porque, entre otras cosas, también son unos imbéciles.

Y para una mujer como yo, que lleva más de 10 años de haber sangrado su primera penetración, y que la han rellenado de leche más que a una crema pastelera, esto no debería importarle. Mi cuerpo debería ser resistente como el de un cocodrilo, y mis lágrimas parecerse a las suyas. Pero resulta que no; que cuando lloro, mis lágrimas me siguen cuarteando una piel todavía muy débil, y yo que me paro en la madrugada, y agarro una bolsa de matarratas y la miro como el millonario mira el champán con el que brinda por el devenir de mejores épocas. En este momento, la muerte me parece la promesa de una vida mejor, aunque hace mucho que he dejado de creer en cualquier clase de vida después de la muerte. Y precisamente ése es el atractivo del suicidio.

Pero Ligia me salvó. Me dijo: “No seas imbécil. No te mates. Y menos con algo tan doloroso. Si vas a morir hazlo con un disparo o algo más rápido aún”. Y cuando creía que iba a sacar una pistola de una gaveta del cuarto que compartimos, para ayudarme con mi eutanasia, lo que sacó fue un cuaderno bastante doblado, y un lápiz del tamaño de un alfiler, y me dice: “Escribe un diario”. Yo tomo el cuaderno, todavía tratando de entender cómo es que escribir un diario me mataría más rápido que un disparo o que el matarratas, y ella me explica “Lo que te está matando es que no le dices a nadie tu dolor. Te estás pudriendo por dentro por no hablar, por callar, por beberte tus propias lágrimas. Quizás no confíes lo suficiente en mí como para hablar, pero al menos puedes confiar en ti. Escribe un diario”. Yo me sentía horrible. No sólo me había descubierto tratando de meterme una cucharada de polvo para ratas, sino que ahora me trataba de ayudar. Nunca me había sentido más miserable.

Hablamos durante unas cuantas horas y yo le conté muchas cosas que no le había contado a nadie, y lejos de sentirme mejor, sentía que toda la porquería del mundo había venido a caerme encima. Pero, sí, era cierto. Aún con toda esa porquería encima, me sentía más liviana. Y Ligia me dice “Haz una prueba. Escribe este diario por una semana. Si después de la semana, todavía sigues con ganas de matarte, yo misma te doy el arma”. Y yo acepté, y aquí estoy, escribiendo algo que me parece infinitamente vago; como si las letras mismas se alargaran para que me llegara el sueño sin que pudiera concluir ninguna idea. Pero de verdad me siento mejor. No he dicho nada de lo que me hace querer morir, y ya veo la muerte un poco más lejana. No sé si esta sensación continúe por los siguientes días, pero por ahora tengo dos certezas: voy a cumplir con Ligia, y escribiré una semana completa, así que me queda como mínimo una semana de vida; y pase lo que pase, voy a morir con el placer de haber tenido una amiga. Creo que esa sensación de estar en medio de una amistad real, me ayuda más que estas palabras, que sólo escribo para no defraudar a mi nueva amiga. Gracias Regia. Gracias Ligia.

El Diario de Macu

Este diario que hoy comenzarán a leer fue escrito por Mariella Alexandra Córdoba Urrutia, la siempre grande Macu, mi gran amiga y líder, a pesar de que ella misma abandonara las causas por las que luchó cuatro largos años. Pero es su legado como mujer, y nuestra amistad, lo que me obliga a cumplir con el compromiso de hacer público su diario, guardiana de él, como siempre fui. Como quizás muy pocos de ustedes saben, Mariella, una total desconocida, fue asesinada el 31 de diciembre pasado, aproximadamente a las 10:30 de la noche, en los terrenos del cementerio de la Iglesia El Calvario, de una forma brutal e innecesaria por un supuesto asesino serial en formación llamado Reinaldo Torres, que publica sus masacres por internet. Pero lo que quizás no sabía ese asesino, y muchas otras personas, es que mi querida Macu llevaba un diario muy detallado de todo lo que le pasaba, y que además me daba a mí para guardar, en una copia semanal.

Lamentablemente, Macu tuvo una vida en la que fue perseguida por muchos; y la existencia de ese diario, y la promesa de que tras de su muerte sería publicado, la mantuvieron con vida durante una década entera. Ahora que ha muerto, yo cumplo con mi parte del trato, y hago público lo que siempre debió ser público; y que le afecte a sus culpables. Por motivos lógicos, yo me mantendré en el anonimato, y ustedes sólo sabrán que continúo viva en la medida en la que, cada día, salgan a la luz, más de esos viejos días de la escritura de Mariella. Todo lo que leerán es exactamente lo que Macu escribió; ni una palabra más, ni una menos. Lo único que he cambiado son los nombres de las personas inocentes, para que queden cubiertos. De cualquier forma, creo que hablo por todos los inocentes mencionados en este diario, al decir que aunque quedásemos expuestos, y se nos lanzaran encima con amenazas y torturas, gustosos las recibiríamos haciéndole honra al nombre de la que nos guió y protegió en vida. Para mí y para muchos, eres eterna Macu. ¡Qué Dios te tenga en su gloria!