Estuve hablando con Ligia esta noche. El Mac me dio la paliza de mi vida cuando le dije que no podría trabajar hoy porque me sentía mal por dentro. Me aseguró que después de que me pusiera las manos encima, tendría verdaderas excusas para no trabajar. Ligia llegó temprano para verme, porque ya todas las putas del Mac habían sido asustadas con la historia de mi golpiza. Es una de las reglas fundamentales de un chulo: economía de golpizas y chisme. Divulgando sus hazañas de macho dominante entre su rebaño se evitaba tener que repetir golpizas por los mismos problemas. Las chicas ya estaban enteradas, entonces, que las putas no pueden deprimirse, a menos que quieran pasar por la ley de las naranjas. Igual sigo dudando que una amenaza como ésa pueda condicionarnos a no sentir tristeza. Somos seres humanos, aunque nosotras mismas nos comportemos y nos vendamos como cucas y bocas saltarinas sin alma.
Le confesé a la Regia que su plan del diario no me estaba funcionando. Que me estaba destruyendo con más velocidad que mi antiguo silencio. Le conté todo lo que me había pasado anoche, aunque supongo que ella me escuchó llorar hasta que se levantó al mediodía. Uno que no sabe nada de la amistad, a veces espera más de ella. Pero quizás ni la amistad más profunda justifica amanecer dos días seguidos consolando a una puta llorona. Ya mucho hizo con preocuparse por mí una noche entre todas las noches de mi vida. Anoche intenté llorar más fuerte en algunas ocasiones, a ver si la levantaba, pero la Ligia ni se movía debajo de las sábanas. Por experiencia sé que pasar por medio cartón de huevos de hombres en una noche cansa como todo un día de cargar cajas, y que es un trabajo que te deja sin ganas de preocuparte por nadie que no seas tú misma. No voy a dejar de querer a la Regia por eso. Además, hoy me escuchó al menos un rato, y lo suficiente para convencerme de que siguiera escribiendo. Asumo que es más fácil mandarme a escribir, que escuchar mi tonta historia de nuevo.
Y pienso para mí: ¿Por qué se me hizo tan fácil contarle todo a Regia esa primera noche, y ahora doy tantas vueltas para escribir lo mismo? ¿Por qué no sentí casi nada al escupirlo con palabras habladas y por qué me remueve tanto ponerlo por escrito? No había motivo de seguir ocultándomelo a mí mismo, u ocultándoselo a este diario; no sé cómo es que funciona esto. Tengo que exorcizarme de este pasado, o me voy a podrir en él.
La cosa es así. El convento en el que estuve desde que mi madre murió era uno de pesadilla. Aunque ahora que soy mayor, pienso que lo más probable es que todos sean iguales por dentro. No tengo la certeza, pero creo que las putas monjas nos mandaban a los sacerdotes para que nos cogieran hasta hacernos sangrar. Y lo creo así porque luego nos daban las clases del catecismo y nos hablaban de que era nuestro deber ser castas, porque las mujeres que se entregan al placer sexual eran del diablo, y por eso el diablo se había encargado de que el sexo fuera el acto más espantoso y desagradable del mundo. Nos asustaban diciendo que el sexo era doloroso y humillante, como si ya no lo supiéramos, pero luego la maldita monja nos hacía preguntas muy suspicaces, que hacían entender que ella era parte del festín de violación de novicias. Nos decían cosas como “El diablo creó el sexo para que la mujer sangrara y sufriera. Pero me imagino que ya muchas de las que están aquí lo han vivido en las noches por sus sueños”. Y luego nos trataban de hacer creer que todo lo que nos pasaba por las noches eran pesadillas puestas por el diablo. Pero la sangre en mis pantaletas durante el día, el dolor, el pegoste, las imágenes, la humillación, eran demasiado reales. Y si yo fuera el diablo supiera que con una sola vez de soñar esto, no hubiera querido tener sexo más nunca en mi vida. Pero aquellos sacerdotes nos violaban al menos una vez a la semana, el primer año en el convento, y luego se iba haciendo cada vez más lejano.
Ninguna de las novicias de allí, que éramos como unas 12 o 15 (y con el tiempo fuimos más), hablábamos de eso. Teníamos miedo de que nos lastimaran más si hablábamos. Pero todas sabíamos que no éramos las únicas. No era demasiado difícil. Todas dormíamos en la misma habitación, y las visitas nocturnas eran escuchadas por todas.
Después de un par de años allí, sufría de ataques de miedo mayores cuando violaban a algunas de las chicas que dormían en las camas que se encontraban a mi lado. El saber que alguno de los sacerdotes estaba ahí, me hacía temblar de pies a cabeza, pero yo tenía miedo de mis temblores. Me obligaba a permanecer quieta como una piedra, para que no supieran que estaba escuchando, pero no podía evitar temblar, y sentía que después de mi vecina, se acercarían a mí para estrangularme hasta que muriera. Después de dos años más, dormía de corrido toda la noche, y no me levantaba ni porque le faltara aceite a los resortes de la cama de al lado, donde alguno de los padres barrigones le daban clases de infierno a las pequeñas monjitas. A duras penas conseguía asustarme cuando me llegaba el turno a mí, que a esas alturas ya era como una vez cada dos meses. Y de haber sabido antes de los 6 años en esa cárcel que perderle el miedo a la violación era la clave para que el entrenamiento en castidad terminara, hubiera fingido eso mucho tiempo atrás. Después de una noche en la que casi no me moví sino que para ayudar al gordo peludo a que metiera su mierda en mi cuca, y acabara lo más pronto posible para volver a dormir, no recibí una sola violación más, por todo el tiempo que seguí allí, hasta que decidí escapar.
Hoy que recuerdo mi valentía de enfrentarme a esa empresa de la perversión vestida de santidad, que es algo que suelo olvidar con mucha facilidad, me siento con más fuerza que ayer, y muchas más que anteayer. No soy cualquier estúpida que se deja roer por un hombre. Soy una mujer con más bolas que los cerdos curas de mierda que intentaron escoñetar mi vida. Me propongo dormir como un bebé esta noche. Ni los huevos del mismo Dios metidos en mi cuca me podrán despertar.